cuentos

La tercera orilla del río, cuento de João Guimarães Rosa

22/02/2012
João Guimarães Rosa

Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa. Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a...

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Una venganza, cuento de Isabel Allende

20/02/2012
Isabel Allende

El mediodía radiante en que coronaron a Dulce Rosa Orellano con los jazmines de la Reina del Carnaval, las madres de las otras candidatas murmuraron que se trataba de un premio injusto, que se lo daban a ella sólo porque era la hija del Senador Anselmo Orellano, el hombre más poderoso de toda la provincia. Admitían que la muchacha resultaba agraciada, tocaba el piano y bailaba como ninguna, pero había otras postulantes a ese galardón mucho más hermosas. La vieron de pie en el estrado, con su vestido de organza y su corona de flores saludando a la muchedumbre y entre dientes la maldijeron. Por eso, algunas de ellas se alegraron cuando meses más tarde el infortunio entró en la casa de los Orellano sembrando tanta fatalidad, que se necesitaron veinticinco años para cosecharla. La noche de la elección de la reina hubo baile en la Alcaldía de Santa Teresa y acudieron jóvenes de remotos pueblos para conocer a Dulde Rosa. Ella estaba tan alegre y bailaba con tanta...

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La colonia penitenciaria, cuento de Franz Kafka

19/02/2012
Franz Kafka

—Es un aparato singular —dijo el oficial al explorador, y contempló con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador parecía haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insulto hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco muy grande el interés suscitado por esta ejecución. Por lo menos en ese pequeño valle, profundo y arenoso, rodeado totalmente por riscos desnudos, sólo se encontraban, además del oficial y el explorador, el condenado, un hombre de boca grande y aspecto estúpido, de cabello y rostro descuidados, y un soldado que sostenía la pesada cadena donde convergían las cadenitas que retenían al condenado por los tobillos y las muñecas, así como por el cuello, y que estaban unidas entre sí mediante cadenas secundarias. De todos modos, el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple silbido cuando...

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La muerte revivida, cuento de Angelina Muñiz-Huberman

16/02/2012
Angelina Muñiz-Huberman por José Antonio López (La Jornada)

Había sido el eje de su vida: presencia constante: ni un momento de olvido. Siempre: en el fondo de su mente aparecía la imagen: los rasgos de su cara: los movimientos: los colores: el recuerdo de su voz. La presencia muerta era presencia viva. Puede construirse toda una vida alrededor de una muerte. Puede recobrarse el sentido de lo cotidiano y absorberse en la más fútil tarea con el peso —verdadero peso— de un vacío. La muerte, que no es nada, es la razón de la sinrazón. Es la fuente del verdadero estrago. Por lo tanto, de la profunda frivolidad. (No me cuentes lo que es la muerte.) (Sí: voy a contártelo.) (Yo sí sé lo que es la muerte.) (Sss: Silencio.) (Eso no se difunde.) (¿Por qué no?: es simple.) (Oirás esta historia.) Miranda en el exilio. Miranda en tierra extraña. Contemplando las cosas. En cada una de ellas ve la muerte: en el humo del cigarro: en la cucharilla que menea el café: en la fotografía dejada...

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Una muchacha sin nombre, cuento de José de la Colina

14/02/2012
José de la Colina

Tú no sabías que desde la ventana, a través de la persiana entrecerrada, mientras se consumía aquel atardecer de Veracruz, te veíamos planchar enmarcada en tu ventana, al otro lado de la calle, en la pequeña casa de madera que tenía un cercado y un patio de tierra endurecida, con un plátano enano, cuyas hojas mecía suavemente la brisa, y que estuvimos así mucho tiempo, mirando aquel marco de madera pintado de verde en el cual tu cuerpo delgado y moreno, de busto erguido y anchas caderas, se balanceaba en el vaivén de la plancha sobre las camisas blancas, azules, rojas, que no terminaban de salir del gran cesto de mimbre de donde las tomabas para extenderlas sobre la pequeña mesa. Tú no sabías que cuando desaparecías de aquel rectángulo, permanecíamos como idiotas pegados a la persiana, mirando entre las tiras de madera, observando la plancha y las camisas y el cesto, observando la espera de aquellas cosas y ordenándote mentalmente que volvieras a aparecer allí, pensando que sólo...

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Una muerte mental, cuento de Giovanni Papini

13/02/2012
Giovanni Papini

De uno de los más recientes suicidios en los últimos años no se conocería la verdadera historia si yo no tuviese el vicio de andar en busca de los raros con la esperanza -casi siempre superflua- de hallarme con un grande. Todos nosotros sabemos, qué defectuosas son las estadísticas -digo a propósito defectuosas en él sentido de insuficientes. Aunque algunos equilibrados vegetantes lamenten con cara de pavor el crecimiento continuo de las muertes voluntarias, sé bien, por mi parte, que no todas son registradas. Entre los enfermos y los aparentes asesinados, los suicidas menudean. Constituyen, quizás, la mayoría. Algo me impulsa casi a decir que cada muerte es voluntaria. Pero ¿cómo? ¿De qué manera? ¡Ay de mí! ¡De maneras comunes, vulgares, vulgarísimas! Falta de sabiduría, falta de voluntad .-pocos son los que prevén y pueden-: un arrojarse al encuentro del destino casi como pájaros dentro de la serpiente o locos -en la hoguera. Hombres que no han querido vivir y han preferido el breve presente al largo y cierto...

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De caravana, cuento de Leonardo Oyola

10/02/2012
Leonardo Oyola

Adentro es de noche. Y lo único que se escuchan son disparos, frenadas y gemidos. Y algún grito solitario… de gol. Eso. Y el ruidito de cada vez que el encargado del local recibe una respuesta del contacto con el que está chateando en el MSN. Adentro es de noche. Y todos tenemos la misma cara iluminada por las pantallas de los monitores. Una cara gris tirando a blanco. Los ojos fijos. La boca como subrayando la nariz. La misma expresión. Cero expresión. No importa que se la estemos dando a un soldado, atropellando a una vieja o viendo como se cogen salvajemente a una mina. Ni siquiera un gol del Apache Tevez. Ahí adentro es de noche. Afuera es de día. Y ahí afuera no dá. No dá. Salis del cyber: Pasás las rejas y te prendés fuego. Como que te quedás medio ciego un toque, loco. Ves todo anaranjado. El sol te mata. Más cuando andás de caravana. No me puedo acordar hace cuanto que no pego...

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Balada de la Primera Novia, relato de Alejandro Dolina

07/02/2012
Balada de la Primera Novia, por el dibujante Carlos Nine

El poeta Jorge Allen tuvo su primera novia a la edad de doce años. Guarden las personas mayores sus sonrisas condescendientes. Porque en la vida de un hombre hay pocas cosas más serias que su amor inaugural. Por cierto, los mercaderes, los Refutadores de Leyendas y los aplicadores de inyecciones parecen opinar en forma diferente y resaltan en sus discursos la importancia del automóvil, la higiene, las tarjetas de crédito y las comunicaciones instantáneas. El pensamiento de estas gentes no debe preocuparnos. Después de todo han venido al mundo con propósitos tan diferentes de los nuestros, que casi es imposible que nos molesten. Ocupémonos de la novia de Allen. Su nombre se ha perdido para nosotros, no lejos de Patricia o Pamela. Fue tal vez morocha y linda. El poeta niño la quiso con gravedad y temor. No tenía entonces el cínico aplomo que da el demasiado trato con las mujeres. Tampoco tenía -ni tuvo nunca- la audacia guaranga de los papanatas. Las manifestaciones visibles de aquel romance fueron...

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La vendimia de Sodoma, cuento de Rachilde

05/02/2012
Rachilde

A Maurice Maeterlinck Al amanecer la tierra exhalaba humo como una bodega llena de mosto infernal, y la viña centelleaba bajo un sol naciente y ya feroz en el centro de la meseta inmensa, un sol púrpura de cabellera abrasiva que hacía fermentar a los racimos inmaduros cuyos frutos insólitamente grandes tomaban reflejos de ojos desquiciados, negrísimos, salidos de sus órbitas. Brotando del fondo de un abismo de betún hirviente, esta viña extendía su follaje de oro y sangre, de una exuberancia monstruosa, y sus ramas locas se curvaban como metales preciosos en plena fusión alrededor de las uvas amontonadas en masacotes de arcilla blanda, arcilla rubia, tierra carnal extraordinariamente roja exhalando perfume de savia fresca mezclado con pestilentes vahos cálidos. Similar a una bestia demasiado prolífica, que ninguna atadura debe obstaculizar en las horas dolorosas del parto, la viña se enroscaba en el suelo en convulsiones atroces, escupiendo guirnaldas furiosas y tendiendo sus brazos implorantes al sol, pareciendo sufrir y delirar a la vez de un goce culpable...

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La figura en el tapiz, cuento de Henry James

04/02/2012
Henry James

1 He hecho unas pocas cosas y ganado un poco de dinero. Quizás incluso haya tenido tiempo para empezar a pensar que soy mejor de lo que podrían sugerir los beneficios que recibo, pero cuando estimo el alcance de mi pequeña carrera (un hábito apresurado, pues de ninguna manera ha terminado) sitúo mi verdadero punto de partida en la noche en que George Corvick, sin aliento y afligido, vino a pedirme un favor. El había hecho más cosas que yo, y ganado más dinero, aunque había oportunidades para la inteligencia que, según mi opinión, a veces desaprovechaba. No obstante, esa noche sólo pude decirle que nunca perdía una oportunidad de mostrar su bondad. Casi entré en estado de éxtasis al proponerle que preparase para The Middle, el órgano de nuestras lucubraciones, llamado así por la ubicación en la semana de su día de aparición, un artículo por el cual se había hecho responsable y cuyo material, atado con un grueso hilo, dejó sobre mi mesa. Me abalancé sobre mi...

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