Amaury, novela de Alejandro Dumas

Amaury (conclusión), novela de Alejandro Dumas (p)

12/10/2011
Alejandro Dumas

Era el día 1.º de agosto. Los dos esposos, instalados en su lindo palacio de la calle de los Maturinos, no observaban en medio de su arrulladora conversación de recién casados, que el día avanzaba a pasos agigantados. —Oye, Amaury—dijo de pronto Antoñita.—Tenemos que marcharnos; ya son cerca de las doce y mi tío nos aguarda. —Ya no les aguarda, señorita—dijo a su espalda la voz de José.—El señor de Avrigny, que sintiendo agravarse su enfermedad estos días me prohibió en absoluto comunicárselo a ustedes para no entristecerlos, dejó de existir ayer a las cuatro de la tarde. A aquella misma hora, Antoñita y Amaury habían recibido la bendición nupcial en la iglesia de Santa Cruz de Autin. ——— Al concluir el secretario del conde de M… la lectura del manuscrito, reinó un sepulcral silencio que al fin hubo de romper el conde para decir: —Ya ven ustedes ahora cuál es el amor del cual se muere y cuál es aquél que no consigue matarnos. —Sí—repuso un joven,—pero, ¿y...

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Amaury (capítulo 53), novela de Alejandro Dumas (p)

11/10/2011
Alejandro Dumas

Así que salió Antoñita, el señor de Avrigny llamó a Amaury en voz alta. —Ven, hijo mío—díjole al verle entrar,—y dime tú también lo que tengas que decirme. —En dos palabras voy a decirle a usted, no lo que me ha traído a verle, pues lo que me trae aquí es el deseo de aprovechar este único día que nos concede en un mes, sino el asunto de que tengo que hablarle… —Habla, hijo mío, habla—dijo el doctor reconociendo en la voz de Amaury los mismos síntomas de turbación que ya había reconocido en la de Antonia.—Habla: te escucho con toda mi alma. —Señor—continuó Amaury,—a pesar de mi juventud ha querido usted que le reemplace cerca de Antoñita; me ha nombrado, en fin, su segundo tutor. —Sí, porque veía en ti una amistad de hermano para con ella. —También me invitó a que buscase entre mis amigos algún joven noble y rico que fuese digno de ella. —Es verdad. —Pues bien—siguió diciendo Amaury;—después de haber pensado maduramente en el...

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Amaury (capítulo 52), novela de Alejandro Dumas (p)

10/10/2011
Alejandro Dumas

Serían las diez y media de aquella misma mañana, es decir, una hora después de los sucesos que acabamos de narrar cuando Amaury se apeaba de su caballo a la puerta del doctor Avrigny, en el mismo instante en que también se detenía ante ella ti coche de Antoñita. La joven, al ver a Amaury que le ofrecía la mano para ayudarla a echar pie a tierra, no fue dueña de contener un grito de alegría, al mismo tiempo que sus pálidas mejillas, se teñían de un vivo rubor. —¡Amaury! ¡Usted aquí! ¡Dios mío! ¡Qué pálido viene! ¿Está usted herido? —No, Antoñita; tranquilícese usted—contestó Amaury.—Nadie ha resultado herido: ni Felipe ni yo… —¿Cuál es, pues, la causa—interrumpió Antoñita—de ese aire tan sombrío y tan meditabundo? —Tengo que hablarle a su tío de asuntos muy importantes. —¡Ay! También yo…—dijo Antonia suspirando. Subieron en silencio y precedidos por José entraron en la estancia donde el doctor los aguardaba. Al verle no fueron dueños de reprimir un ademán de sorpresa y cambiaron...

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Amaury (capítulo 51), novela de Alejandro Dumas (p)

09/10/2011
Alejandro Dumas

Y efectivamente, daban las siete en punto cuando Felipe y su apoderado, que le acompañaba en calidad de testigo, llegaban a la Muette, descendiendo de su alado vehículo. Casi en el mismo instante, fieles a la consigna, Amaury y su amigo Alberto se presentaban también en el lugar de la acción, aquél apeándose de a caballo, y saltando de su elegante cabriolé el otro. No tardaron en ponerse a discusión las condiciones del duelo. El amigo de Felipe, que estaba algo avezado a esos trotes, acortó mucho los preparativos. En su concepto su apadrinado era el ofendido, y como tal tenía derecho a la elección de armas: debían, a mayor abundamiento, servirse de las espadas o pistolas que, a prevención, habían llevado Felipe y él. Alberto, advertido de antemano por Amaury para que accediese a todas las peticiones de la parte contraria, aunque rayaron en exigencias, se avino desde luego a todo, sin oponer más objeciones que las que son de rigor en tales casos. Convinose, pues, en que...

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Amaury (capítulo 50), novela de Alejandro Dumas (p)

08/10/2011
Alejandro Dumas

Nunca Felipe había pasado una velada tan feliz y a la vez tan dolorosa como lo fue aquélla para él. Feliz, porque Antoñita no tuvo sino dulzura y amabilidad para su adorador, y dolorosa por la perspectiva de aquel lance a que le arrastraba Amaury. Gracias a que algo se lo hacía olvidar la incesante y gratísima conversación de Antoñita. Amaury, por su parte, no dejaba de mirarlos a hurtadillas con frecuencia, y al verlos tan entretenidos conversando y sonriéndose, no dejaba de prometerse con cierta satisfacción cruel que se las pagarían todas juntas, principalmente su amigo Felipe, quien por su parte embobecido por las preferencias de Antoñita y atormentado por el remordimiento, casi había echado en olvido su próximo duelo. Aunque se sintiese en cierto modo pesaroso de su triunfo, era éste tan notorio, que no había más remedio que saborear la amarga dicha y tomar con calma las cosas. No dejaba de pensar a cada coquetona sonrisa de Antoñita que acaso a la mañana siguiente le costaría...

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Amaury (capítulo 49), novela de Alejandro Dumas (p)

07/10/2011
Alejandro Dumas

Y el émulo de Cicerón y de M. Dupín, envanecido por la impresión que su dialéctica y su retórica parecían producir en el ánimo de su interlocutor, prosiguió diciendo: —En primer lugar, mi traición a Magdalena no era tan grave como parecía, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una persona que había vivido siempre a su lado, una amiga, prima, hermana pudiéramos decir, en quien me parece continuar mis pristinos amores, pues me retrata constantemente a Magdalena en sus gestos, en sus palabras. Amar a la segunda es como seguir amando a la primera. —Has dicho bien—respondió el pensativo Amaury, con el rostro algo más sereno. —Ya ves, pues, que tenía razón—contestó Felipe con regocijo.—Ahora, y en segundo lugar, no podrás menos de convenir conmigo en que el amor es el más espontáneo y libre de nuestros sentimientos, y el que nace más ajeno a la influencia de nuestra voluntad. —¡Es muy cierto!—asintió Amaury. —Todavía no he terminado—dijo Felipe con creciente entusiasmo.—En tercer lugar, ya que...

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Amaury (capítulo 48), novela de Alejandro Dumas (p)

06/10/2011
Alejandro Dumas

Como Felipe, que no quería renunciar a sus antiguas costumbres, seguía viviendo en el barrio Latino, era larga la distancia que habla que recorrer, y Amaury tenía tiempo para que se transformase en cólera todo el mal humor que había sacado de casa del conde. Así, cuando Orestes llegó a la casa de su antiguo Pílades, llevaba su alma en tal estado que sin abusar de la metáfora puede decirse que rugía en ella una tempestad furiosa. Sacudió violentamente el cordón de la campanilla, sin fijarse en el hecho de que la pata de liebre de la calle de San Nicolás se había trocado en pata de ganso. Abrió la puerta una gorda maritornes, pues Felipe, siempre infantil y candoroso, había conservado la costumbre de hacerse servir por una mujer. En aquellos momentos estaba en su despacho, con los codos apoyados en la mesa, la cabeza entre las manos, y los dedos ferozmente hundidos en el cabello, embebido en la formidable cuestión de la pared medianera. La obesa servidora...

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Amaury (capítulo 47), novela de Alejandro Dumas (p)

05/10/2011
Alejandro Dumas

El día siguiente lo pasó Amaury esperando una carta que, según él suponía, no dejaría Antoñita de enviarle para pedirle explicaciones acerca de sus palabras de la noche anterior; pero en vano se cansó de aguardar. A la noche siguiente, que era jueves, dio principio el tercer período, de auge y bienandanza para Felipe, y de caída terrible para Raúl, sin ventaja alguna para Amaury, el primer desahuciado. No se atrevía Felipe a dar crédito a la realidad, y era realmente gracioso ver al pobre muchacho en el pináculo de la dicha comunicando sus impresiones de felicidad a dos censores tan adustos, a dos rivales tan formidables como Amaury de Leoville y Raúl de Mengis. El infeliz no tan sólo no supo colocarse a la altura de su inmerecida suerte, sino que se hallaba como asustado de tanta fortuna, confesándose indigno de ella, y evitando las distinciones de que era objeto por parte de Antoñita, con un gesto que imploraba la clemencia de sus dos rivales, quienes por su...

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Amaury (capítulo 46), novela de Alejandro Dumas (p)

04/10/2011
Alejandro Dumas

Creemos haber hecho en el último capítulo el elogio del constante buen humor de Antoñita, y, una de dos; o han sido prematuras nuestras apreciaciones, o la llegada de los flamantes huéspedes turbó el estado de beatitud y calma de su espíritu, que repentinamente se tornó caprichoso y versátil. Es lo cierto que en el breve, transcurso de un mes cambiaron tres veces de objeto las atenciones y preferencias de Antoñita, y a fuer de meros cronistas nos limitaremos a consignarlo así. Como reinaron los emperadores bizantinos, cuya historia está formada por tres períodos, a saber: triunfo, decadencia y ruina, así Amaury, Raúl y Felipe gozaron sucesivamente durante diez días cada uno la privanza de Antoñita. De tan efímeros reinados vamos a dar algunas noticias incompletas, que seguramente el lector sabrá complementar con discreción y perspicacia. En las cuatro veladas que siguieron a la ya consignada, el que obtuvo mejor acogida fue, sin duda, Amaury, a pesar de la inteligencia y habilidad con que Raúl desplegó las galas de...

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Amaury (capítulo 45), novela de Alejandro Dumas (p)

03/10/2011
Alejandro Dumas

El conde de Mengis detúvose en la sala, y dijo: —Señores, les prevengo que van a encontrar al lado de Antoñita a seis de mis contemporáneos a quienes tiene encantados, y que han tomado la resolución de consagrarle con puntualidad tres noches por semana; es preciso además que para agradar a Antonia los jóvenes complazcan a los viejos. Ahora, señores, ya están avisados. Entremos, si les place. Ya se comprenderá que tertulias formadas por una joven de veinte años y por ancianos de setenta serían muy sobrias y sobre todo poco ruidosas; dos mesas de juego en un rincón, los bastidores de bordar de Antonia y de la señora Braun en medio del salón y sillones al rededor para los que preferían al wist o al boston, la conversación; tales eran los accesorios de aquellas sencillas reuniones. A las nueve se tomaba el te; a las once cada uno estaba ya en su casa. Ya sabemos que Felipe era el único joven que hasta entonces había sido admitido en...

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